Francisco Adolfo Caicedo

Rucano

Rucano, rucano

En su hacendoso y duro trajinar laboró como alfarero en los tejares de Sabaneta. En cierta ocasión se marchó a San Cristóbal, para mejorar su salario como vendedor de helados.

Descendía la inclinada calle diagonal al liceo Simón Bolívar, con su carrito de helados Minerva, percibió unos llamados infantiles ¡rucano! ¡rucano!, alegre e interrogante giro la testa, al ver los hijos de don Silvino, alzó los brazos emocionado para saludarlos y el carrito rodó en forma estrepitosa.

¡Dios santo! ¡Dios santo! ¿qué hago ahora? al contemplar en el suelo los variopintos helados, limón, naranja, coco, chocolate, unos en vasitos, otros en paletas más conocidos como los famosos morochos.

Un grupo de estudiantes se dieron un gran banquete.

Literatura-Latina